Cada amanecer, mientras el mundo duerme plácidamente, me convierto en un intrépido detective de pesas perdidas y mancuernas desorientadas. Me sumerjo en un juego de buscar y rescatar los discos y mancuernas rebeldes que los compañeros de entrenamiento de la tarde anterior se han empeñado en dejar desperdigadas por todo el gimnasio. ¡Qué sería de la vida sin estos momentos de heroísmo matutino entre mancuernas!
Correr, ah, el arte elegante de poner un pie delante del otro. Excepto cuando lo hago, es como ver a un pingüino intentar ballet. He participado en medias maratones donde los espectadores me aplauden porque no pueden creer que alguien todavía esté corriendo en la dirección equivocada. Pero bueno, cada carrera necesita un buen alivio cómico, ¿verdad?